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El Poder del Hombre que Ama Bien

Serie: ¿Cómo amar bien?
12 mai 2026 de
El Poder del Hombre que Ama Bien
ALEXANDRA BOBOC
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Me pregunto si los hombres que se quejan de sus mujeres saben que esa mujer es exactamente lo que ellos construyeron.

Es una pregunta que me persigue cada vez que conduzco sola. Y hoy la pienso aquí, en la nacional, camino a Barcelona, con el Mediterráneo a mi izquierda y el sol fundiéndose con mi piel como una caricia que no pide permiso. El Shelby del 67, azul Acapulco, devora la carretera con la elegancia de un felino. El cuero tabaco, el pañuelo de seda bailando contra mi cuello, el rugido grave del motor resonando en mi pecho. Es el placer de estar viva. Y en ese placer, la pregunta se vuelve mucho más clara.

¿Por qué hay hombres a los que la vida les da cada vez más, aunque no tengan tanto, y hombres a los que la vida les da cada vez menos, aunque aparentemente lo tengan todo?

Y la respuesta no está en el bolsillo. Nunca estuvo ahí.

Hay hombres que se quejan de sus mujeres como si fueran criaturas espantosas. Que se han vuelto irreconocibles. Que el ambiente en casa es irrespirable. Que no reciben lo que necesitan. Y la verdad es que esa mujer es el reflejo milimétrico de lo que él sembró en su corazón. Porque nadie construye muros sin haber recibido primero silencios. Nadie se cierra sin haber sido primero ignorada. Nadie se convierte en la mujer difícil sin haber sido primero la mujer paciente. Nadie deja de buscarte sin haberte buscado y encontrado ausente estando presente. Nadie aprende a no necesitarte sin haber necesitado y haber aprendido que era mejor no hacerlo. La mujer que hoy sientes como una carga fue en algún momento la mujer que solo pedía ser vista, amada, respetada, valorada y cuidada. Y tú elegiste ser indiferente. Y eso, querido, no es mala suerte. Es el retorno exacto de una siembra deficiente.

Y lo mismo ocurre con todo lo que das. Porque hay hombres que dan, sí, pero dan desde la queja. Te dan su presencia y se quejan. Te tienen que llevar a algún sitio y se quejan. Se quejan porque han subido los precios, porque todo está caro, porque ha subido la gasolina. Te tienen que dar caricias y se quejan. Tiempo de calidad y se quejan. Da igual lo que sea, siempre hay una factura invisible adherida, que no es de dinero sino de resentimiento.

Y a ese hombre nunca le prospera nada.

Nunca le cuadra nada. Y después se pregunta por qué tiene una vida de mierda. Y la respuesta es simple: porque todo lo que da, lo hace desde la carencia, desde el miedo a que no le quede más.

Pero el hombre que ama bien siembra exactamente lo contrario. No porque sea un santo o porque tenga más. Sino porque ha entendido algo que otros no han sido todavía capaces de ver: que lo que siembras en tu mujer es exactamente lo que la vida va a construir para ti. Porque ese hombre en vez de guardar silencio, habla, pregunta, escucha, está. En vez de administrar su presencia como si fuera un recurso escaso, la da sin calcular. Da igual si el bolsillo es grande o pequeño. Cuando el corazón está lleno, todo lo que sale de él se multiplica. Y no me refiero solo al dinero. Me refiero a todo lo que él es. A las caricias, al tiempo, a la mirada, a la certeza de que está ahí pase lo que pase.

Cuando ella se siente amada de verdad, cuando sabe que ese hombre es una certeza inamovible, ella se expande. Y en esa expansión abre puertas que él ni siquiera sabía que existían. Oportunidades aparecen. Su trabajo florece. Sus negocios crecen. Sus relaciones son sólidas. La vida le devuelve con una generosidad asombrosa todo lo que él sembró sin calcular. Esta es la mecánica más sofisticada de la realidad, que pocos practican, aunque muchos la conozcan.

Su presencia es un regalo que se entrega con la misma naturalidad con la que el Shelby se desliza por esta carretera. Sin esfuerzo. Sin cálculo. Es como este motor V8: no necesita esforzarse para ser potente. Simplemente lo es. Y en esa falta de esfuerzo reside su mayor atractivo.

Al caminar al lado de un hombre así, no solo me siento amada. Me siento celebrada. Mi luz se intensifica porque no gasto energía protegiéndome de facturas emocionales ni de quejas silenciosas. Me convierto en un espejo que devuelve esa misma abundancia, y el círculo se vuelve virtuoso. Es una danza de soberanos. Un encuentro de dos personas que han decidido que la escasez es una ilusión y que el amor es el único activo que crece cuanto más se gasta.

A medida que la silueta de Barcelona se hace más nítida, me doy cuenta de que este viaje no es solo un trayecto entre dos puntos geográficos. Es una metáfora de cómo elijo habitar mi propia vida. Porque nos han enseñado que el sacrificio es el peaje necesario para el éxito, pero aquí, bajo este sol que no pide permiso para brillar, esa lógica no tiene sentido. El hombre que ama bien no da desde el miedo a la pérdida. Da desde el placer de la expansión. Y la vida, que adora a los que saben saborearla, se lo devuelve multiplicado.

Así que mientras dejo atrás el azul infinito de la Costa del Maresme para sumergirme en el latido cosmopolita de Barcelona, cierro los ojos por un segundo y siento esa misma vibración en mi interior. El verdadero lujo no está en los escaparates. Está en la calidad de tu presencia. En la alegría de tus gestos. En la libertad de tu entrega.

Porque al final de todo, cuando te vayas de este mundo, no te llevarás nada de lo que acumulaste. Ni el dinero, ni los títulos, ni las posesiones. Lo material se queda aquí. Y te llevas lo inmaterial y lo que diste. El amor que recibiste y te transformó. Lo que diste con el corazón lleno queda vivo en las personas que tocaste, en las puertas que abriste sin saberlo, en la mujer que floreció porque tú elegiste sembrar y amarla bien. Y te llevas también su gratitud. La gratitud silenciosa de todos aquellos a quienes mejoraste la existencia sin llevar la cuenta, porque lo hiciste desde el disfrute, no desde el deber.

Lo que sembraste, eso sí viaja contigo eternamente.

Con mucho amor,
Tu cita de los martes — Alexandra


El Poder del Hombre que Ama Bien
ALEXANDRA BOBOC 12 mai 2026
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