Me las imagino frente al espejo, ajustándose la máscara de "todo está bien" mientras el café se enfría en la encimera. Sin darse cuenta de que lo que está helado no es la taza de café, sino su propia vida.
Nos hemos acostumbrado tanto a los amores de rebajas, a las sobras emocionales y a los "casi algo", que hemos olvidado el sabor de ser amadas con una devoción que no pida permiso.
He visto a demasiadas mujeres — y sí, yo también he sido la idiota que esperó un mensaje que nunca llegó — desperdiciar sus mejores años al lado de un hombre que las quiere, pero "a su manera".
Y su manera de amar es una celda sin ventanas.
No hablo de todos los hombres, evidentemente. Hablo de ese tipo específico que se refugia en su indecisión para no asumir la responsabilidad de amarte bien.
El problema de estar con un hombre así es que la tristeza no te golpea de frente el primer día. Se filtra despacio, como la humedad detrás de una pared de lujo que pudre los cimientos mientras tú sigues admirando la pintura de la fachada.
Y un hombre sin brújula no puede amarte bien, porque para amar bien se necesita la valentía de elegir un puerto y quemar los barcos. Si él no sabe hacia dónde va, lo único que hace es arrastrarte a su propio naufragio. Te mantiene en una sala de espera infinita mientras él "se encuentra" a sí mismo en el fondo de su propia cobardía.