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La tristeza que no sabes explicar

Serie: ¿Cómo amar bien?
31 de marzo de 2026 por
La tristeza que no sabes explicar
ALEXANDRA BOBOC
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Dicen que la experiencia es la mejor maestra. Lo que no dicen es que a veces cobra una factura muy cara. Yo la pagué durante más tiempo del que me gustaría admitir. Sonreí en los momentos correctos, dije las palabras correctas y viví una vida que, desde fuera, tenía exactamente el aspecto que se supone que debe tener una vida feliz. Y, aun así, había algo que no me hacía feliz del todo y que no tenía nombre. Fue ese algo el que me dio permiso para escribirte esto. Y fue ese mismo algo el que me hizo pensar en todas las mujeres que siguen ahí, cargando ese peso sin saber todavía cómo llamarlo. 

Me las imagino frente al espejo, ajustándose la máscara de "todo está bien" mientras el café se enfría en la encimera. Sin darse cuenta de que lo que está helado no es la taza de café, sino su propia vida.

Esa tristeza no es una herida que sangra. Es un zapato de diseño que te aprieta tanto que te deforma los pies. Caminas, sonríes y finges elegancia. Pero cada paso que das es un recordatorio punzante de que ese lugar en el que estás no es para ti, de que te estás rompiendo por dentro para encajar en una talla que te queda pequeña.

Nos hemos acostumbrado tanto a los amores de rebajas, a las sobras emocionales y a los "casi algo", que hemos olvidado el sabor de ser amadas con una devoción que no pida permiso.

He visto a demasiadas mujeres — y sí, yo también he sido la idiota que esperó un mensaje que nunca llegó — desperdiciar sus mejores años al lado de un hombre que las quiere, pero "a su manera".


Y su manera de amar es una celda sin ventanas.


No hablo de todos los hombres, evidentemente. Hablo de ese tipo específico que se refugia en su indecisión para no asumir la responsabilidad de amarte bien.

El problema de estar con un hombre así es que la tristeza no te golpea de frente el primer día. Se filtra despacio, como la humedad detrás de una pared de lujo que pudre los cimientos mientras tú sigues admirando la pintura de la fachada.

Él está ahí. Ocupa un espacio físico, hace planes de negocios, habla de comprar casas como si el ladrillo pudiera tapar el agujero de su falta de presencia. Pero cuando necesitas que abrace tu mundo emocional, que te vea de verdad, descubres que el arquitecto no tiene ni los planos ni las llaves de tu corazón.

Esa tristeza que te invade al despertar es tu cuerpo dándote un ultimátum antes de que te apagues del todo. Es el peso de saber que estás regalando tu activo más preciado — el tiempo, ese que no se recupera con todo el oro del mundo — a un hombre sin brújula. 

Y un hombre sin brújula no puede amarte bien, porque para amar bien se necesita la valentía de elegir un puerto y quemar los barcos. Si él no sabe hacia dónde va, lo único que hace es arrastrarte a su propio naufragio. Te mantiene en una sala de espera infinita mientras él "se encuentra" a sí mismo en el fondo de su propia cobardía.


Y mientras tanto, tú te marchitas preguntándote qué hiciste mal.


Y la única verdad aquí es que estás intentando construir un hogar con alguien que solo tiene talento para levantar decorados de cartón.

Porque al final, la mayor traición no es la que él te hace a ti. Es la que tú te haces a ti misma cada vez que decides que sus migajas son suficientes para alimentar tu alma.



Con mucho amor,
Tu cita de los martes — Alexandra
La tristeza que no sabes explicar
ALEXANDRA BOBOC 31 de marzo de 2026
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